DISCURSO SOLEMNE DEL JEFE DE LA CASA DE BOURBON DE LA MARCHE Y BORBÓN-CONTI EN LA FESTIVIDAD DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL

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ART ESP  / FRN / ING


Dignidades, damas, caballeros de las órdenes ecuestres y leales custodios de la memoria dinástica:


En este vigésimo noveno día de septiembre, festividad solemne de San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia Celeste y escudo inmemorial de la Corona, me dirijo a todos vosotros con el alma templada por la reflexión y la firmeza del deber histórico. El tiempo transcurrido, marcado en meses recientes por quebrantos de salud que la Providencia ha tenido a bien aliviar, me ha permitido consagrar largas horas a la introspección personal y a la rigurosa evaluación del estado presente de nuestra Augusta Casa. Quien ostenta la jefatura y representación de una herencia que se hunde en las raíces mismas de Europa no puede permitirse la flaqueza de la distracción terrenal. Por encima de las contingencias humanas y de las pruebas físicas, mantengo incólume la certidumbre moral de que la Casa de Francia representa la primogenitura cristiana del continente europeo, trono moral edificado sobre siglos de fe, justicia y orden sacro.


Al dirigir la mirada sobre los acontecimientos acaecidos durante estos últimos años, resulta imprescindible hablar con la claridad que exige la majestad de la verdad. Durante un largo período, nuestros legítimos desvelos por la restitución y salvaguarda del patrimonio familiar e histórico —arrebato secular que aguarda una justa compensación de la historia— se toparon con un desalentador punto muerto ante las instancias de la República Francesa. Una parálisis artificial, tejida a la sombra de intrigas menores, intereses espurios y la resistencia obtusa de quienes pretendieron sofocar nuestras demandas legítimas bajo el peso del arbitrio y la conveniencia particular.


No obstante, la perseverancia guiada por la rectitud y la labor leal y técnica de nuestros consejeros han rendido frutos decisivos. La providencia divina no desampara la rectitud de una causa justa. Hoy asistimos a la destitución y consiguiente descrédito judicial de Rachida Dati, quien, desprovista ya de la cartera ministerial, debe responder ante las autoridades fiscales y penales de Francia por su proceder reprobable e impropio de un servidor público. En su lugar, el relevo institucional ha recaído en doña Catherine Pégard, una figura cuya trayectoria al frente de la Presidencia del Establecimiento Público del Palacio y Dominio Nacional de Versalles reviste un simbolismo y una trascendencia que no escapa a nuestra mirada. Versalles, cuna, hogar y apoteosis del linaje de mis egregios antepasados, conoció bajo su gestión el celo por la conservación, la restauración digna y la custodia del patrimonio histórico francés.


Este relevo abre un horizonte de renovado rigor y esperanza para que las conversaciones institucionales en torno a nuestro patrimonio dinástico se retomen sobre bases de honor, respeto y derecho. No desvían nuestra atención las maniobras diplomáticas de la coyuntura republicana, como las recientes visitas de Estado del presidente Macron a la península ibérica, ni los encuentros complacientes con quien ostenta la corona de España, Felipe VI, a quien la pureza dinástica y las leyes tradicionales no reconocen la condición de legítimo Borbón. Las afinidades políticas del presente son efímeras; el derecho de la sangre y la justicia de la historia son permanentes.


El segundo punto de este manifiesto atañe a la vida interna y moral de nuestra Casa. Hoy, en la festividad de la Orden de San Miguel —institución que durante siglos encarnó la flor de la nobleza cristiana, forjada por caballeros valerosos cuyo único norte era el sacrificio por la corona, la cruz y la justicia—, es menester admitir con profundo dolor que asistimos a horas de postración. La nobleza y la caballería contemporáneas padecen una decadencia generalizada, despojadas a menudo de su sentido sagrado para convertirse en meras comparsas sociales.


Asumo con entereza la responsabilidad histórica que me compete: mi deber ineludible es sanear, depurar y reformar la estructura institucional y nobiliaria de nuestra Casa. Cortaremos de raíz las desviaciones y corruptelas que en años recientes pretendieron enquistarse en nuestro seno. Si bien celebro con orgullo la incorporación constante de nobles de viejo cuño, linajes acrisolados y alcurnia secular que comprenden la gravedad de nuestro empeño, debo reconocer con franqueza un error en el que incurrí por un exceso de generosidad: el haber elevado al rango de nobleza y concedido honores dinásticos a determinados individuos cuya lealtad era un espejismo.


Creí en su momento que sus palabras respondían a un compromiso genuino de fidelidad al Jefe de la Dinastía y a los ideales de la Corona; no tardaron, sin embargo, en mostrar que su verdadero propósito estaba vinculado al beneficio económico personal, a la vanagloria cortesana y al lucro mercantil. Mi error no residió en mi intención de honrar, sino en haber confiado en un juramento que carecía de arraigo espiritual y de sincera abnegación. Esas concesiones vacías quedan moral y formalmente revocadas por este acto de voluntad. La dignidad no se negocia ni se vende; quien busca el provecho terrenal no tiene cabida en una orden consagrada al Arcángel que venció a la soberbia del abismo.


Reitero, pues, mi inquebrantable vocación de seguir custodiando el estandarte de la Casa de Bourbon de La Marche y Borbón-Conti, con la mirada puesta en Dios, la memoria anclada en nuestros reyes y el corazón dispuesto al combate por la verdad, el patrimonio inalienable y el honor restaurado de nuestra estirpe. Que San Miguel Arcángel guíe nuestras espadas y proteja a quienes sirven con honor sincero a la Casa de Francia.


Es preciso detenerse y profundizar con gravedad ineludible en el trance amargo que representan aquellos a quienes solo cabe calificar como nobles descarriados: individuos extraviados en la soberbia, que habiendo recibido la gracia de una distinción o portando el blasón de sus mayores, han quebrantado de manera flagrante los principios rectores de la hidalguía, la fidelidad y el decoro dinástico. La verdadera nobleza no es un adorno vacuo para alimentar el egoísmo en cenáculos mundanos, ni un salvoconducto para la liviandad moral; es, por definición sacra e histórica, un yugo voluntario de servicio, disciplina y lealtad incondicional a la Corona y al Jefe de la Casa.


Resulta desolador constatar cómo ciertos miembros, obnubilados por la vanidad contemporánea y las miserias del mercantilismo, concibieron las dignidades recibidas como mercancía de cambio o instrumento de autopromoción. Olvidaron con pasmosa ligereza que el honor no se negocia, no se transfiere y no se prostituye en transacciones de conveniencia personal. Quienes así proceden no solo han traicionado la confianza que este Jefe de Dinastía depositó en su palabra y en su aparente vocación, sino que han profanado el juramento solemne prestado ante el altar y ante las insignias de nuestra Orden. Creyeron que la benevolencia del soberano era debilidad, y confundieron la paciencia con la impunidad, tejiendo intrigas menores, maquinando lealtades paralelas y exhibiendo un comportamiento indigno de caballeros cristianos.


A estos nobles descarriados, extraviados en las ciénagas de la ambición terrenal y el beneficio espurio, debe llegarles con absoluta nitidez la voz de nuestra determinación. No habrá contemplación ni tibieza frente a la deserción moral. Quien no sabe gobernar sus pasiones, quien busca el lucro bajo el manto de la tradición y quien desobedece las directrices morales de esta Jefatura queda de facto excluido del cuerpo místico de nuestra Casa. Se ha ordenado ya a la Cancillería la apertura de los expedientes de revocación, la declaración formal de indignidad y la rescisión de cuantas cartas patentes, grados capitulares y concesiones honoríficas fueron otorgadas a quienes demostraron ser indignos custodios del blasón. Sus nombres serán tachados de los libros de registro y de las nóminas de la Orden, pues una institución fundada sobre la sangre de los héroes y la fe de los santos no puede tolerar la gangrena de la simulación.


La espada de San Miguel no solo custodia las puertas del santuario frente al adversario exterior; desciende también con rigor implacable para cercenar la traición interna y purificar el templo de quienes pretendieron convertirlo en cueva de vanidades. Aquellos que deseen continuar el camino del extravío encontrarán las puertas cerradas y el desprecio del tribunal de la historia. Solo aquellos pocos o muchos que perseveren en la lealtad sincera, en el sacrificio silencioso y en la fidelidad sin fisuras a la legitimidad de la Casa de Bourbon de La Marche y Borbón-Conti tendrán derecho a portar nuestras armas y a compartir el destino que la Providencia reserve a nuestro linaje. La purificación ha comenzado, y con ella se restablecerá, sin vacilación alguna, el brillo intacto del honor caballeresco.


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Dignités, dames, chevaliers des ordres équestres et fidèles gardiens de la mémoire dynastique :


En ce vingt-neuvième jour de septembre, solennité de saint Michel Archange, Prince de la Milice Céleste et bouclier immémorial de la Couronne, je m'adresse à vous tous, l'âme trempée par le recueillement et la fermeté du devoir historique. Le temps écoulé, marqué ces derniers mois par des épreuves de santé que la Providence a bien voulu adoucir, m'a permis de consacrer de longues heures à l'introspection personnelle et à l'examen rigoureux de l'état présent de notre Auguste Maison. Quiconque assume le chef et la représentation d'un héritage plongeant au cœur même des racines de l'Europe ne saurait consentir à la faiblesse des distractions terrestres. Au-dessus des contingences humaines et des épreuves corporelles, je conserve intacte la certitude morale que la Maison de France incarne le droit d'aînesse chrétien du continent européen, trône moral érigé sur des siècles de foi, de justice et d'ordre sacré.


En portant le regard sur les événements de ces dernières années, il m'apparaît impérieux de m'exprimer avec la clarté qu'exige la majesté de la vérité. Durant une longue période, nos légitimes desseins pour la restitution et la sauvegarde du patrimoine familial et historique — spoliation séculaire qui attend une juste réparation de l'histoire — se sont heurtés à une impasse décourageante auprès des instances de la République française. Une paralysie artificielle, ourdie à l'ombre d'intrigues subalternes, d'intérêts fallacieux et de l'obstination obtuse de ceux qui ont prétendu étouffer nos justes revendications sous le joug de l'arbitraire et de la convenance particulière.


Néanmoins, la persévérance guidée par la droiture et le labeur loyal et technique de nos conseillers ont porté des fruits décisifs. La divine Providence n'abandonne jamais la rectitude d'une juste cause. Nous assistons aujourd'hui à la révocation et au discrédit judiciaire consécutif de Rachida Dati qui, désormais dépouillée de son portefeuille ministériel, doit répondre devant les autorités judiciaires et pénales de France d'agissements répréhensibles, indignes d'un serviteur de l'État. En son lieu et place, la succession institutionnelle est revenue à Madame Catherine Pégard, personnalité dont le parcours à la tête de l'Établissement public du château, du musée et du domaine national de Versailles revêt un symbolisme et une portée qui n'échappent point à notre regard. Versailles, berceau, foyer et apothéose de l'auguste lignée de mes aïeux, a connu sous sa présidence le zèle vigilant de la conservation, de la restauration exemplaire et de la garde du patrimoine historique français.


Cette relève ouvre un horizon de rigueur renouvelée et d'espérance, afin que les négociations institutionnelles relatives à notre patrimoine dynastique soient reprises sur des fondements d'honneur, de respect et de droit. Nullement ne sauraient détourner notre attention les manœuvres diplomatiques de la conjoncture républicaine, telles les récentes visites d'État du président Macron dans la péninsule ibérique, ni les entrevues complaisantes avec celui qui porte la couronne d'Espagne, Philippe VI, auquel la pureté dynastique et les lois fondamentales ne sauraient reconnaître la qualité de légitime Bourbon. Les affinités politiques du siècle présent sont éphémères ; le droit du sang et la justice de l'histoire demeurent éternels.


Le second point de ce manifeste a trait à la vie intérieure et morale de notre Maison. En ce jour de fête de l'Ordre de Saint-Michel — institution qui incarna durant des siècles l'élite de la noblesse chrétienne, forgée par de vaillants chevaliers dont l'unique boussole était le sacrifice pour la couronne, la croix et la justice —, force est de reconnaître avec une profonde douleur que nous traversons des heures d'affaissement. La noblesse et la chevalerie contemporaines souffrent d'une déchéance généralisée, trop souvent dépouillées de leur essence sacrée pour n'être plus que de vaines figurations mondaines.


J'assume avec gravité la responsabilité historique qui m'incombe : mon devoir impérieux est d'assainir, d'épurer et de réformer l'armature institutionnelle et nobiliaire de notre Maison. Nous trancherons net les dérives et les altérations qui, ces dernières années, ont tenté de s'enkyster en notre sein. Si je salue avec fierté le ralliement continu de gentilshommes de vieille souche, aux lignages éprouvés et à l'ascendance séculaire, qui mesurent la gravité de notre dessein, je me dois de confesser sans détour l'erreur commise par un excès de bienveillance : celle d'avoir élevé au rang de la noblesse et accordé des distinctions dynastiques à certains individus dont la fidélité n'était qu'un mirage.


J'ai cru en leur temps que leurs serments procédaient d'un dévouement sincère envers le Chef de la Dynastie et les idéaux de la Couronne ; ils n'ont guère tardé, hélas, à révéler que leurs véritables mobiles se rattachaient au profit pécuniaire, aux glorioles de cour et au lucre marchand. Mon erreur ne résida point dans le dessein d'honorer, mais dans la foi accordée à un serment dépourvu de tout enracinement spirituel et de réelle abnégation. Ces concessions illusoires sont dès lors moralement et formellement révoquées par cet acte de volonté. La dignité ne se marchande ni ne s'achète ; quiconque convoite le gain matériel n'a point sa place au sein d'un ordre consacré à l'Archange qui terrassa l'orgueil de l'abîme.


Je réitère donc mon inébranlable résolution de veiller sur l'étendard de la Maison de Bourbon de La Marche et Bourbon-Conti, le regard tourné vers Dieu, la mémoire attachée à nos rois et le cœur disposé au combat pour la vérité, le patrimoine inaliénable et l'honneur restauré de notre lignée. Que saint Michel Archange guide nos épées et protège ceux qui servent avec un honneur sans fard la Maison de France.


Il convient de s'arrêter et d'approfondir avec une gravité inéluctable l'amertume que suscitent ceux qu'il ne convient de qualifier que de nobles fourvoyés : des êtres égarés dans l'orgueil qui, ayant reçu la grâce d'une distinction ou portant les armoiries de leurs ancêtres, ont violé de manière flagrante les lois fondamentales de la chevalerie, de la fidélité et de la bienséance dynastique. La véritable noblesse n'est point une vaine parure destinée à flatter l'égoïsme au sein de cénacles profanes, ni un blanc-seing pour la déliquescence morale ; elle constitue, par essence sacrée et historique, un joug librement consenti de service, de discipline et de loyauté inconditionnelle envers la Couronne et le Chef de Maison.


Il est navrant de constater à quel point certains dignitaires, aveuglés par la fatuité du siècle et les misères du mercantilisme, ont conçu les honneurs conférés comme une monnaie d'échange ou un instrument d'autopromotion. Ils ont oublié avec une inconcevable légèreté que l'honneur ne se négocie pas, ne se transige pas et ne se compromet point dans de vulgaires arrangements d'intérêt personnel. Ceux qui agissent de la sorte ont non seulement trahi la confiance que ce Chef de Dynastie avait accordée à leur parole et à leur prétendu dévouement, mais ils ont profané le serment solennel prêté devant l'autel et les insignes de notre Ordre. Présumant que la mansuétude du souverain cachait de la faiblesse, et confondant la patience avec l'impunité, ils ont ourdi de médiocres cabales, entretenu de sourdes allégeances parallèles et manifesté une conduite indigne de chevaliers chrétiens.


À ces nobles fourvoyés, enlisés dans les marécages de l'ambition temporelle et du profit illégitime, la voix de notre résolution doit parvenir avec une netteté sans faille. Il n'y aura nulle complaisance ni tiédeur face à la désertion morale. Quiconque ne sait gouverner ses passions, quiconque recherche le lucre à l'ombre de la tradition et désobéit aux préceptes moraux de ce Magistère se trouve de facto retranché du corps mystique de notre Maison. Ordre a d'ores et déjà été intimé à la Chancellerie d'ouvrir les instances en révocation, de prononcer la déchéance formelle d'indignité et d'annuler toutes lettres patentes, tous grades capitulaires et toutes faveurs honorifiques concédés à ceux qui se sont révélés d'indignes gardiens de nos armes. Leurs noms seront biffés des registres matricules et des rôles de l'Ordre, car une auguste institution scellée par le sang des braves et la foi des saints ne saurait tolérer la gangrène de l'imposture.


Le glaive de saint Michel ne se borne point à défendre les portes du sanctuaire contre l'ennemi du dehors ; il s'abat également avec une rigueur implacable pour trancher la trahison intestine et purifier le temple de ceux qui ont prétendu le ravaler au rang d'antre des vanités. Ceux qui persisteront dans la voie de l'égarement trouveront désormais les portes closes et le mépris du tribunal de l'histoire. Seuls ceux, en petit ou grand nombre, qui persévèrent dans une loyauté éprouvée, dans l'abnégation silencieuse et dans la fidélité indéfectible à la légitimité de la Maison de Bourbon de La Marche et Bourbon-Conti auront le droit d'arborer nos armes et de partager le destin que la divine Providence réserve à notre sang. La purification est advenue ; par elle sera restauré, sans la moindre faiblesse, l'éclat immaculé de l'honneur chevaleresque.


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Dignités, dames, chevaliers des ordres équestres et fidèles gardiens de la mémoire dynastique :


En ce vingt-neuvième jour de septembre, solennité de saint Michel Archange, Prince de la Milice Céleste et bouclier immémorial de la Couronne, je m'adresse à vous tous, l'âme trempée par le recueillement et la fermeté du devoir historique. Le temps écoulé, marqué ces derniers mois par des épreuves de santé que la Providence a bien voulu adoucir, m'a permis de consacrer de longues heures à l'introspection personnelle et à l'examen rigoureux de l'état présent de notre Auguste Maison. Quiconque assume le chef et la représentation d'un héritage plongeant au cœur même des racines de l'Europe ne saurait consentir à la faiblesse des distractions terrestres. Au-dessus des contingences humaines et des épreuves corporelles, je conserve intacte la certitude morale que la Maison de France incarne le droit d'aînesse chrétien du continent européen, trône moral érigé sur des siècles de foi, de justice et d'ordre sacré.


En portant le regard sur les événements de ces dernières années, il m'apparaît impérieux de m'exprimer avec la clarté qu'exige la majesté de la vérité. Durant une longue période, nos légitimes desseins pour la restitution et la sauvegarde du patrimoine familial et historique — spoliation séculaire qui attend une juste réparation de l'histoire — se sont heurtés à une impasse décourageante auprès des instances de la République française. Une paralysie artificielle, ourdie à l'ombre d'intrigues subalternes, d'intérêts fallacieux et de l'obstination obtuse de ceux qui ont prétendu étouffer nos justes revendications sous le joug de l'arbitraire et de la convenance particulière.


Néanmoins, la persévérance guidée par la droiture et le labeur loyal et technique de nos conseillers ont porté des fruits décisifs. La divine Providence n'abandonne jamais la rectitude d'une juste cause. Nous assistons aujourd'hui à la révocation et au discrédit judiciaire consécutif de Rachida Dati qui, désormais dépouillée de son portefeuille ministériel, doit répondre devant les autorités judiciaires et pénales de France d'agissements répréhensibles, indignes d'un serviteur de l'État. En son lieu et place, la succession institutionnelle est revenue à Madame Catherine Pégard, personnalité dont le parcours à la tête de l'Établissement public du château, du musée et du domaine national de Versailles revêt un symbolisme et une portée qui n'échappent point à notre regard. Versailles, berceau, foyer et apothéose de l'auguste lignée de mes aïeux, a connu sous sa présidence le zèle vigilant de la conservation, de la restauration exemplaire et de la garde du patrimoine historique français.


Cette relève ouvre un horizon de rigueur renouvelée et d'espérance, afin que les négociations institutionnelles relatives à notre patrimoine dynastique soient reprises sur des fondements d'honneur, de respect et de droit. Nullement ne sauraient détourner notre attention les manœuvres diplomatiques de la conjoncture républicaine, telles les récentes visites d'État du président Macron dans la péninsule ibérique, ni les entrevues complaisantes avec celui qui porte la couronne d'Espagne, Philippe VI, auquel la pureté dynastique et les lois fondamentales ne sauraient reconnaître la qualité de légitime Bourbon. Les affinités politiques du siècle présent sont éphémères ; le droit du sang et la justice de l'histoire demeurent éternels.


Le second point de ce manifeste a trait à la vie intérieure et morale de notre Maison. En ce jour de fête de l'Ordre de Saint-Michel — institution qui incarna durant des siècles l'élite de la noblesse chrétienne, forgée par de vaillants chevaliers dont l'unique boussole était le sacrifice pour la couronne, la croix et la justice —, force est de reconnaître avec une profonde douleur que nous traversons des heures d'affaissement. La noblesse et la chevalerie contemporaines souffrent d'une déchéance généralisée, trop souvent dépouillées de leur essence sacrée pour n'être plus que de vaines figurations mondaines.


J'assume avec gravité la responsabilité historique qui m'incombe : mon devoir impérieux est d'assainir, d'épurer et de réformer l'armature institutionnelle et nobiliaire de notre Maison. Nous trancherons net les dérives et les altérations qui, ces dernières années, ont tenté de s'enkyster en notre sein. Si je salue avec fierté le ralliement continu de gentilshommes de vieille souche, aux lignages éprouvés et à l'ascendance séculaire, qui mesurent la gravité de notre dessein, je me dois de confesser sans détour l'erreur commise par un excès de bienveillance : celle d'avoir élevé au rang de la noblesse et accordé des distinctions dynastiques à certains individus dont la fidélité n'était qu'un mirage.


J'ai cru en leur temps que leurs serments procédaient d'un dévouement sincère envers le Chef de la Dynastie et les idéaux de la Couronne ; ils n'ont guère tardé, hélas, à révéler que leurs véritables mobiles se rattachaient au profit pécuniaire, aux glorioles de cour et au lucre marchand. Mon erreur ne résida point dans le dessein d'honorer, mais dans la foi accordée à un serment dépourvu de tout enracinement spirituel et de réelle abnégation. Ces concessions illusoires sont dès lors moralement et formellement révoquées par cet acte de volonté. La dignité ne se marchande ni ne s'achète ; quiconque convoite le gain matériel n'a point sa place au sein d'un ordre consacré à l'Archange qui terrassa l'orgueil de l'abîme.


Je réitère donc mon inébranlable résolution de veiller sur l'étendard de la Maison de Bourbon de La Marche et Bourbon-Conti, le regard tourné vers Dieu, la mémoire attachée à nos rois et le cœur disposé au combat pour la vérité, le patrimoine inaliénable et l'honneur restauré de notre lignée. Que saint Michel Archange guide nos épées et protège ceux qui servent avec un honneur sans fard la Maison de France.


Il convient de s'arrêter et d'approfondir avec une gravité inéluctable l'amertume que suscitent ceux qu'il ne convient de qualifier que de nobles fourvoyés : des êtres égarés dans l'orgueil qui, ayant reçu la grâce d'une distinction ou portant les armoiries de leurs ancêtres, ont violé de manière flagrante les lois fondamentales de la chevalerie, de la fidélité et de la bienséance dynastique. La véritable noblesse n'est point une vaine parure destinée à flatter l'égoïsme au sein de cénacles profanes, ni un blanc-seing pour la déliquescence morale ; elle constitue, par essence sacrée et historique, un joug librement consenti de service, de discipline et de loyauté inconditionnelle envers la Couronne et le Chef de Maison.


Il est navrant de constater à quel point certains dignitaires, aveuglés par la fatuité du siècle et les misères du mercantilisme, ont conçu les honneurs conférés comme une monnaie d'échange ou un instrument d'autopromotion. Ils ont oublié avec une inconcevable légèreté que l'honneur ne se négocie pas, ne se transige pas et ne se compromet point dans de vulgaires arrangements d'intérêt personnel. Ceux qui agissent de la sorte ont non seulement trahi la confiance que ce Chef de Dynastie avait accordée à leur parole et à leur prétendu dévouement, mais ils ont profané le serment solennel prêté devant l'autel et les insignes de notre Ordre. Présumant que la mansuétude du souverain cachait de la faiblesse, et confondant la patience avec l'impunité, ils ont ourdi de médiocres cabales, entretenu de sourdes allégeances parallèles et manifesté une conduite indigne de chevaliers chrétiens.


À ces nobles fourvoyés, enlisés dans les marécages de l'ambition temporelle et du profit illégitime, la voix de notre résolution doit parvenir avec une netteté sans faille. Il n'y aura nulle complaisance ni tiédeur face à la désertion morale. Quiconque ne sait gouverner ses passions, quiconque recherche le lucre à l'ombre de la tradition et désobéit aux préceptes moraux de ce Magistère se trouve de facto retranché du corps mystique de notre Maison. Ordre a d'ores et déjà été intimé à la Chancellerie d'ouvrir les instances en révocation, de prononcer la déchéance formelle d'indignité et d'annuler toutes lettres patentes, tous grades capitulaires et toutes faveurs honorifiques concédés à ceux qui se sont révélés d'indignes gardiens de nos armes. Leurs noms seront biffés des registres matricules et des rôles de l'Ordre, car une auguste institution scellée par le sang des braves et la foi des saints ne saurait tolérer la gangrène de l'imposture.


Le glaive de saint Michel ne se borne point à défendre les portes du sanctuaire contre l'ennemi du dehors ; il s'abat également avec une rigueur implacable pour trancher la trahison intestine et purifier le temple de ceux qui ont prétendu le ravaler au rang d'antre des vanités. Ceux qui persisteront dans la voie de l'égarement trouveront désormais les portes closes et le mépris du tribunal de l'histoire. Seuls ceux, en petit ou grand nombre, qui persévèrent dans une loyauté éprouvée, dans l'abnégation silencieuse et dans la fidélité indéfectible à la légitimité de la Maison de Bourbon de La Marche et Bourbon-Conti auront le droit d'arborer nos armes et de partager le destin que la divine Providence réserve à notre sang. La purification est advenue ; par elle sera restauré, sans la moindre faiblesse, l'éclat immaculé de l'honneur chevaleresque.


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