ART ESP / FRC
Recuerdo con una nitidez casi dolorosa aquel mayo de 2004. Mientras el cielo de Madrid se deshacía en una lluvia plomiza que parecía querer lavar las culpas de una institución milenaria, en mi residencia de Canarias, el aire estaba cargado de una pesadez distinta, mucho más íntima y asfixiante. Yo, como Príncipe de Bourbon de la Marche, observaba la ceremonia no como un súbdito, sino como un testigo de las grietas que el deber impone sobre el deseo y la sangre.
A mi lado, mi secretario, aquel Conde de linaje impecable y vinculación directa con la Casa de Austria, no podía contener el desgarro. No era la emoción contenida que el protocolo sugiere ante un enlace real; era un llanto amargo, una desesperación de quien se sabe despojado de algo que la historia oficial jamás se atreverá a nombrar. Lloraba como una magdalena, con el rostro oculto entre las manos, mientras las pantallas mostraban a Felipe y Letizia bajo el palio de la Almudena.
En las callejuelas nobiliarias, donde el silencio es la moneda de cambio, se sabía —presuntamente, claro está— que aquel amor entre el monarca y el entorno de mi secretario había germinado en la discreción, conocido y alentado gracias a la mediación de su tía Pilar. Ella, con su habitual pragmatismo borbónico, habría facilitado unos encuentros que en ese instante se desvanecían para siempre entre nubes de incienso y marchas nupciales. Aquel hombre, mi secretario, era la víctima colateral de una Corona que, hoy como ayer, exige corazones de piedra para sostener el peso de la púrpura.
Me resultaba imposible no trazar un paralelismo entre su dolor y los secretos que el historiador Ricardo de la Cierva desenterró antes de ser condenado al más profundo ostracismo intelectual. De la Cierva, cuya pluma fue silenciada por sus revelaciones sobre la masonería, fue quien tuvo la osadía de mirar donde nadie quería: en la correspondencia secreta del Nuncio Apostólico custodiada en los archivos vaticanos.
Allí, entre valijas diplomáticas y sellos de la Santa Sede, quedó acreditado que la sangre que corre por las venas de la dinastía no siempre sigue el cauce que marcan los tratados. El caso de Alfonso XII es el ejemplo más flagrante: un hijo putativo de Francisco de Asís y Borbón, pero nacido, según las fuentes primarias más solventes, de la pasión de Isabel II por el capitán Puigmoltó. Al ver a mi secretario derrumbarse en mi casa de Canarias, comprendí que la historia no es más que un círculo vicioso de pasiones silenciadas. La legitimidad, ese concepto tan manoseado, a menudo se construye sobre los escombros de las vidas privadas de aquellos hombres que pasaron por la vida de los monarcas y terminaron borrados de la crónica oficial.
Esta es solo la antesala de un drama que comenzó mucho antes, cuando una niña de trece años fue declarada mayor de edad para sostener un trono que ya entonces estaba podrido por las intrigas internacionales. Para entender el llanto de mi secretario y el destino de la actual Corona, debemos viajar al siglo XIX, a los pasquines carlistas y a la alcoba de una reina que, ante la incapacidad de su esposo, buscó en un bizarro oficial de ingenieros la descendencia que el Estado le exigía a gritos.
Para comprender el desconsuelo de mi secretario en aquella tarde canaria, es preciso descender a las criptas de la historia, allí donde la legitimidad de esos que hoy ocupan el trono se desdibuja entre sábanas de seda y despachos cifrados. La tragedia de esa estirpe no empezó con una boda en la Almudena, sino con el lecho de muerte de Fernando VII en 1833. Aquel fue el Big Bang de una anomalía que marcaría el ADN de los llamados Borbones para siempre.
Imaginen a una niña, Isabel II, con apenas tres años, convertida en peón de una guerra civil fratricida mientras su madre, la Regente María Cristina, se entregaba a los brazos de un guardia de corps, Fernando Muñoz, del que dicen ahora nuevas investigaciones, que era el padre de la reína, al estar enfermo Fernando VII, en el momento de que naciera la misma, y un año antes.
Mientras los carlistas morían por la tradición, la Reina Madre paría "Muñoces" en la sombra, alimentando la mofa de los pasquines que gritaban que la Reina no podía parir varones reales, sino solo soldados para la causa liberal. La mayoría de edad de Isabel II, forzada a los trece años, fue el prólogo de un desastre anunciado. Rodeada de lobos, la "Reina niña" fue sacrificada en un matrimonio con su primo Francisco de Asís, el candidato que todos aceptaron precisamente por su incapacidad.
De la Cierva, con la precisión de un cirujano, desveló lo que en las cortes europeas era un secreto a voces: el "hipogenitalismo" de Francisco de Asís. Fue entonces cuando la historia dejó de escribirse en los libros de derecho para redactarse en la valija diplomática de la Nunciatura.
Isabel II decidió buscar la vida fuera del tálamo oficial con el capitán Enrique Puigmoltó. La correspondencia secreta que De la Cierva consultó en el Vaticano es demoledora: el mundo entero sabía que el embarazo de la Reina era obra del capitán alicantino.
Francisco de Asís, consciente de su deshonra, no quería reconocerlo, y solo aceptó presentar en una bandeja de oro a aquel príncipe —el "Puigmoltejo"— a cambio de dinero y "razones de Estado". Esa es la verdadera raíz de quienes hoy se sientan en el trono: una rama nacida de un bizarro oficial de ingenieros y no de la línea dinástica que yo represento.
Hoy, con la salida del libro "Los novios de Felipe VI: La corona y los hombres que pasaron por su vida", el velo de silencio vuelve a rasgarse. Lo que viví en mi casa de Canarias con el llanto de mi secretario no era un hecho aislado, sino un capítulo más de esa crónica oculta que vincula la corona con amores que no pueden decir su nombre.
En las callejuelas nobiliarias se comenta con conocimiento de causa lo que el gran público apenas sospecha: que la historia de los Puigmoltejo es una sucesión de pasiones que chocan frontalmente con la imagen de cartón piedra que proyecta la institución.
Aquel Conde, mi secretario, lloraba porque conocía la verdad de lo que se estaba sellando aquel día. Su vínculo con la Casa de Austria y su amor presunto por el monarca le daban una perspectiva trágica; él veía cómo la farsa de la continuidad se imponía una vez más sobre la autenticidad de los sentimientos. La figura de la tía Pilar aparece nuevamente como la celestina de una realidad paralela, una mujer que entendía que, en una familia de sangre cuestionada, los afectos reales son el único refugio, aunque deban ser sacrificados en el altar de la opinión pública.
Ricardo de la Cierva ya lo advirtió en "La otra vida de Alfonso XII": la cuna que la Reina Isabel II regaló a Puigmoltó, el padre biológico, es la prueba irrefutable de una traición genética. Esa cuna es el símbolo de una dinastía que ha vivido de espaldas a su propia realidad biológica.
Al final, el libro actual y el llanto de mi secretario son las dos caras de una misma moneda. Por un lado, la investigación histórica que nos dice quiénes son realmente los Puigmoltejo; por otro, la vivencia personal de quienes, desde la nobleza más alta, han tenido que tragar sus lágrimas mientras observan cómo se perpetúa una mentira vestida de majestad.
Esa tarde en Canarias, mientras el Conde se desmoronaba ante la televisión, comprendí que la historia no perdona. Podrán cambiar los nombres, podrán casarse en catedrales y rodearse de milicia, pero el secreto que guardan los archivos vaticanos y el dolor de los hombres que pasaron por sus vidas son manchas que ni toda la lluvia de Madrid podrá borrar jamás. Los Puigmoltejo siguen ahí, sosteniendo una corona que el tiempo y la verdad se encargan de desgastar cada día más.